Este cuento lo escribí hace un poco mas de 2 años...trata sobre mi tierra, mis antepasados de la II Región de Antofagasta, Chile.
Chinguillo en mano, un arpón de hueso y la habilidad de avanzar entre rocas descalzo. Aquel pequeño desafía con gran agilidad las olas del mar que brinda alimento a su clan; junto a su padre, éste aprendía el arte de cazar peces y recolectar mariscos. El muchacho siente la frescura de la brisa marina, su alma se regocija al mirar hacia atrás y ver a su madre curtiendo aquella piel de camélido que les servirá para el invierno que ya comienza a manifestarse en las aves emigrantes.
Aquella aguada se está secando… Los Guanacos ya no bajan a beber de ella y marchan en su sabio instinto de saciar la sed. El clan obedece la partida de aquellos animales, pues deben partir por el litoral en busca de un nuevo refugio que les provea agua y alimentos.
El pequeño, en su cansado caminar hacia el sur, mira con sorpresa en la lejanía, aquella gran roca erosionada por el viento y el mar, (que en una casualidad de la creación) daba la sensación de que*deseó escapar de la tierra y quedó majestuosamente enclavada en el mar entre acantilados. Recordó las historias del abuelo sobre aquella roca que lo guió hacia las tierras que ahora abandonaban. Contaba de barcas enormes que se detenían a admirar su grandeza… de hombres con ropas extrañas y de un idioma desconocido. Solía en las noches ver el titilar de sus fogatas, extrañas luces anaranjadas que le despertaban la atención y una sensación de abrigo… pues, desconocía aquella imagen iluminada.
La divagación de aquellas historias del abuelo, hacen abandono en los pensamientos de aquel chico, pues aquella roca ha quedado en un horizonte pequeño. El clan, continúa su paciente partida hacia nuevas costas.
El litoral aún es generoso, han pasado inviernos y aún las tierras cobijan al grupo familiar. El tiempo ha hecho notar al jefe del clan de que existe y es su destreza la que se ha llevado… ciñéndose a las reglas de la vida, entrega fuerza y experiencia al muchacho, pues, ya es un cazador.
-…despierte “paletita”!!! – Aquella acariciadora voz forzaba a abandonar aquel sueño de niñez, quería aferrarse a esa vida pero… solo poseía un sacrificado trabajo en el desierto. Lejos están las jornadas de mar, de atardeceres junto a su madre mientras ésta desconchaba a fuerza de Chope, la recolección de mariscos que lograba junto a su padre. Obedecía al nombre de Guanay, su padre lo llamó en honor a su significado, “Pato Marino Cazador”.
- Ahí está el lavatorio… en la jarra hay agua caliente pa’ que se moje la cara.
La cocina de fierro alberga el calor que tan generosamente entrega la yareta, el frío y el viento de la mañana, simplemente hacen caso omiso en aquella pequeña habitación y coluden de alguna manera la presencia de ese débil fuego.
La mujer majestuosamente, sirve un poco de leche caliente en un jarro de metal que lleva un “Lunar” por la parte baja, a un costado. Sirve pan en la mesa y genera una humilde invitación al hombre, quién pagaba unas miserables fichas por descansar en aquella habitación.
- Ta’ ventosa la mañana…¿dónde quedó mi chaquetón señora?-
- Está cerca de la cocina, estaba muy helada… anoche le cosí la manga. Ya está muy “charqueao”, así que veré si le puedo conseguir uno mejor en la Pulpería.
- No valdrá la pena señora… no se moleste.
Coge su chaquetón y en sus decididos pasos, se dirige hacia la faena de cateo…desgastados “Calamorros” alojan sus ásperos pies que no apresuran para llegar a la “pega”. A lo lejos, el cansancio anuncia la fatigante llegada de una caravana de carretas y mulas, vienen de la costa con charqui de albacora y buey, telas, agua y granos. Algunas continúan adentrándose hacia el noreste, otras regresan a la costa con caliche, cargados en sacos de cuero de lobo.
Así comienza a vivir el día el barretero, su rostro cubierto con una tela, evita que piedrecillas* impacten su curtido rostro… no lleva guantes, el frío viento no logra calar aquellas gruesas manos que son parte del barreno, cuerpo moreno, macizo nortino. Comienza a sacar las primeras “colpas” de caliche, por un pago a trato que variaba según lo que extraía y cargaba en “Cachuchos”.
El sol ya es majestuoso en el cielo, la tierra es su aliada… cuerpos de torso desnudos continúan su rutinario esfuerzo, masas clamando por el turno de beber agua junto a las mulas al final del día. El hombre recuerda la brisa marina que recorría su rostro cuando pequeño, eso sacia de alguna manera aquella sed interminable producida por tanto tragar tierra.
- Su mesurada meditación se interrumpe por el grito de un compañero, pues, había caído dentro de un “Cachucho” y su muerte era segura.
- ¡Ayudaaaaaaaaa!!!... rápido… puede que sobreviva…vacíen esta hueá.
La compuerta se abre y deja escapar el caldo hirviendo que se desparrama por la tierra, dejando a merced de su fuerza aquel cuerpo cocido en Caliche. Una decena de niños, que trabajaban a metros, miran con pánico aquel rostro inexpresivo del obrero. Algunos escapan en llanto, otros siguen su trabajo.
- Debemos mejorar estas máquinas!!! No podemos perder “ganchitos” cada día. – Murmuró afectado por la impotencia de no poder hacer nada, aquel practicante frente al cuerpo.
- Dar dignidad a nuestra forma de vivir y trabajar…- En un tono más tranquilizador.
El sistema de pago por fichas no contentaban a Guanay, las miserables habitaciones en que descansaban y cuando un compañero perdía una pierna por un “polvorazo”, simplemente lo desechaban por no tener desahucio… terminaban sumidos en el alcohol y en una pobreza extrema. Solían aparecer muertos a los pies de alguna mampara en una actitud de ruego…el frío no escuchaba aquellas plegarias y les invadía el alma.
Guanay no conocía de religiones, pero era un hombre de principios, de valor y palabra. Sabía que algo podía hacer para mejorar estas cosas, mejorar la vida de sus compañeros. Quizás ver la realidad en algún campamento cercano, pero, sentía que era un acto de abandono hacia sus colegas.
- Supe que murió un obrero en un “Cachucho”.- Comentaba, mientras servía la mujer, un plato de comida al cansado hombre.
- Sí…era un “Carruncho” que venía del sur… creo que se encaramó en la orilla y cayó.- Su comentario fue presuroso, motivado por el hambre que arrastró todo el día, aunque, aún tenía en su mente la imagen de aquel desdichado compañero.
- Espero que tenga un respetuoso entierro y no sea extrañado por su familia.
- ¿Tenía familia? – Pregunta la mujer con esa preocupación maternal, escondiendo aquella belleza de preocupante descuido debido al clima.
- No lo sé señora… discúlpeme, pero, no quiero seguir hablando de esto.
Guanay se caracterizaba por ser un hombre muy correcto, no sabía leer ni escribir, aunque aprendió a hablar aquella lengua extraña que decía su abuelo…y la hablaba bien, desconociendo extrañamente que eran letras las que pronunciaba, con un raro acento en su vocablo.
Luego de la reconfortante comida, el sueño impera en su espacio nocturno, de antesala el cansancio invade el cuerpo del faenero. No se hace esperar, en un impaciente movimiento lleno de calma, recuesta su ya pesado cuerpo en el lecho provisto de 2 cobijas. Esa llama que el abuelo desconocía, iluminaba su paz sobre el abrazo de la negra palmatoria, puesta sobre un cajón de vieja madera. Anhela soñar con su tierra de mar, su familia… sabe que ya no están y solo es descendencia.
La noche disfraza su oscuridad en el viento, las calaminas generan golpes entre ellas protestando por su quietud… la brisa, ignora imponentemente aquella petición. Los obreros duermen, descansan ante tal espectáculo, ignorando esta festividad nocturna de frío y oscura ventolera.
El negro tinte abandona el cielo, es el amanecer que empieza a cubrir de brillantes colores ese cielo que prepara la llegada del quemante astro… la tierra huele a Caliche húmedo, una que otra ave anuncia la pasada de una carreta que ya comienza su larga travesía por el desierto, uniéndose a otras, las mulas comienzan a alinearse rumbo a la costa.
Guanay despierta antes de lo acostumbrado, escucha los silentes pasos de la mujer, que se dirige a la cocina a calentar racionadamente el agua. La habitación comienza a empaparse con el alma del fuego, ese aroma a leña que en sí, acurruca el calor en el alma y regala esa sensación de no querer marchar.
Una taza de leche y pan, ya están en esa mesa que se equilibra en el piso de tierra, tratando de no quedar desnivelada frente al apoyo del reconfortado obrero. Algo frío el alimento, se convierte en migajas cuando las manos del hombre arranca trozos de éste, para acompañarlo con la leche que ya está cubierta en nata. Un indicio de descontento se manifiesta en la cara de Guanay, aquel desayuno ya no era precisamente el que años atrás reconfortaba… se había convertido en rutina. Toma su chaquetón y marcha.
- ¿Regresará al atardecer?
- Creo que un poco antes… pasaré a la Oficina de Empleos a conversar con el jefe… sé que es difícil llegar a él, pero lo intentaré.
- En la Pulpería dicen que es un hombre inglés… he escuchado que no entiende mucho el español cuando le hablan y gusta mucho del tabaco y el alcohol.
- Tsss!!! yo aprendí solito este idioma y no creo que tenga problemas para escucharme. Aquella seguridad en Guanay, acusaba que algo tenía en mente… cierra la puerta y marcha a la cantera.
Un reloj de bolsillo sobre el escritorio, apuntaba sus doradas manecillas hacia el mediodía, en una oficina en la que la luz del día entraba con fuerza y manifestaba en forma elocuente el humo de una pipa que salía por la nariz pasando entre los bigotes del Sr. Clark. Miraba la polvareda que levantaba a lo lejos los barreneros junto con el lento avanzar de las carretas cargadas después de los “polvorazos”. Mira sus zapatos y limpia cuidadosamente con un suave paño, un poco de polvo que se aferró en un paseo a media mañana junto a su asistente. En señal de orden, pide que le sirvan una taza de té. Su asistente, un tipo tímido, intrometido, de una inteligencia calculable y bastante predictivo, toma una taza de plata y sirve el tan preciado líquido.
- Hoy en la mañana han partido 100 quintales de Caliche!!!, ¿te has encargado de su llegada al puerto?. – Se refería a su asistente con un acento bastante extraño al pronunciar las palabras, pero, después de unos minutos hablándoles, se lograba entender lo que decía el extranjero.
- Si Sr. Clark… partirán el día de mañana hacia Europa desde Cobija, está todo en orden.
- ¿Qué has escuchado sobre algunos obreros que han abandonado las calicheras en otros campamentos?
- Más tarde llegará el correo del norte…quizás tenga alguna novedad del asunto Sr. Clark.
La lujosa oficina se transformaba en preocupación, muchos papeles sobre el escritorio, delataban el arduo y desordenado trabajo que realizaba. Abre la última gaveta y coge entre sus dedos otro poco de tabaco y lo deposita dentro de su pipa, mientras que su asistente se apresura en limpiar el cenicero que se encontraba traspapelado en el escritorio.
En las calicheras, Guanay no dejaba de pensar en su premeditada cita con el jefe. Esperaba que éste lo recibiera de buena manera ya, que había escuchado que el hombre, era de muy “malas pulgas” y que no se le entendía nada cuando se enfadaba. Se mantiene atento a las condiciones del trabajo, trata en lo posible de no distraerse con su plan, tratando de ordenar las ideas para que fuera bien entendido por el hombre inglés.
Por el costado de la torta, anuncia su llegada una caravana de carretas, vienen del norte y trae más que más obreros a trabajar, en su mayoría chinos, muchos venían al costado de las carretas caminando, algunos desfallecidos por el sol, por la falta de agua y comida. Una carreta abandona la caravana y va hacia La Oficina de Empleados, llevaba consigo la tan esperada correspondencia.
Guanay desconocía aquella situación, esperaba el momento en que llevaran las mulas a los establos, para prepararlas en la siguiente travesía cargadas con Caliche hacia Cobija. Notó un ambiente perturbado al cabo de una media hora… a lo lejos divisaba a un hombre de buen vestir, alterado, dando ordenes a todo el que aparecía en su vista. Sin duda era Clark.
- Mal momento…- Pensó.
Pero su decisión no daba brazo a torcer, pensó que si no arreglaba las cosas, seguirían en la miserable realidad que vivían y esto iba a empeorar por la llegada masiva de aquellos chinos, que en su mayoría venían enfermos.
Dejó a un lado su barreta, se despojó del trapo que cubría su rostro y fue por un poco de agua. Todos sus movimientos eran fríos y certeros, ya había tomado la decisión de dirigirse a tal imponente edificio. Logró acortar viaje colgándose de una carreta que se dirigía a los establos, a pocos metros, estaba la entrada principal La Oficina de Empleados. Una gran escalera daba inicio a tan majestuosa construcción de Pino Oregón, dando forma a una colonial mampara que obligaba al visitante a entrar de manera sinuosa.
El cielo comienza a regalar su gama de colores sobre los lejanos cerros, comienza el viento a borrar las huellas del día… uno a uno comienzan los obreros a abandonar sus máquinas y herramientas para dirigirse a sus refugios por un merecido descanso.
- Permiso, buenas tardes…- De asombro fue la mirada de aquel empleado, al levantar la cabeza y ver a un “Barretero” en aquel edificio.
- Dígame mmm, ¿qué necesita?.
- Quiero hablar con el jefe, ¿podría pasar a su oficina?.
El asistente al ver su temida presencia, no dudó en ir directamente a la oficina a anunciar la inesperada visita.
- …es un obrero de las calicheras…pide hablar con usted.
- Pues viene en muy mal momento…dígale que pase yyyy, que sea breve.
Apresuradamente, el Sr. Clark coge tabaco y lo enciende dentro de su pipa, sabía que de alguna forma lograría inspirar respeto y de paso le daría aires de importancia.
- …con su permiso…
- Cómo se llama y que desea!!!. Fue la respuesta inmediata para realzar aún más aquel ambiente tenso.
- Guanay es mi nombre yyy…
- Bastante extraño su nombre…¿de dónde viene?- Interrumpiendo y sin dar ventaja a su interlocutor, de hablar sobre su petición… pensaba que de esa manera, se iban a desordenar las ideas de su “contrincante” de conversación.
- Nací en la costa, cerca de lo que ahora es Antofagasta, al oeste, junto a una aguada que después un expedicionario llamado Juan López descubrió.
- Oh! eres de esa raza llamada mmm, ¿cómo es que se…
- Changos!!! señor…Changos se llamó mi pueblo.
- Tome asiento señor. qué es lo que desea.- Clark se calmó al notar la pasividad que dominaba a Guanay, le ofreció una taza de té y le escuchó, pues, le pareció bastante atractivo su origen y forma de hablar.
- …y creo que no es la forma más digna de trabajar y vivir en esta salitrera. Quisiera que usted cambiara la forma de pago, eliminar las fichas y recibir salarios mejorados.
- ¿Es usted representante de aquella huelga que se dice que ocurrirá en el norte?- Había recibido la correspondencia durante la tarde, como lo dijo su asistente, había leído sobre aquella huelga y no dudó en pensar que Guanay estaba organizando algo similar.
- No señor, no sé nada sobre eso.
- Es que usted justamente me está pidiendo exactamente lo mismo que exigen los obreros del norte.- Ya con un tono más elevado.
- Mantengo mis respetos, señor, no sé nada sobre aquella huelga.
- Por favor, le pido que se retire. Sospecho de su palabra y creo que debo hacer algo al respecto para que aquí no ocurra lo mismo. – Se levanta de su sillón y con una pulcra educación, se acerca a la puerta para “enaltecer” de alguna manera la salida de Guanay de aquella oficina.
Camino a su habitación, carcomido por la desilusión, la sensación humillante de no haber logrado nada, de que las cosas empeorarían en pocos días…piensa bajar los brazos y marchar hacia la costa. Los años ya le son más pesados en su mal tratado cuerpo, necesita y extraña ese aire salino, su libertad de recolectar mariscos y cazar peces. Piensa que Cobija es un buen lugar, ha escuchado que ahí explotan el guano y el pago es bueno.
- ¡ Guanai!!!... de’ónde vení “ganchito”? supe que te juiste a La Oficina’e Empleaos.- Agustín era un tipo de Valparaíso, pirquinero de por vida. Él trajo consigo a su familia, vivía en las habitaciones para casados, vivía con su esposa y su hijo de 10 años.
- No quiero hablar de esto, estoy muy cansado.- Evidentemente estaba vencido por el día y por aquella cita fallida con el Sr. Clark.
- Supo que los obreros se están parando pa’llá pa’l norte?.
- Me enteré por el jefe… algo me dijo sobre el asunto y no quiso seguir escuchándome… es por lo mismo que yo fui a hablar, de mejor salario.
- Sabís que en la madrugada parte una caravana pa’llá?
- No… ¿ y por qué?
- Porque van a reclamar lo mismo que vó puh! Y… tsss!!! si son más, más fácil va’ser que nos mejoren puh!... será mientras los jefes duerman.
Guanay en su persistencia, no dudaba en partir aquella noche. Planeaba la manera de cómo abandonar la habitación sin que se dieran cuenta los demás convivientes.
- …y tú Agustín, dejarás a tu familia?
- Noooo iñor!!! Casi to’os se van con “mono y petaca”!!!, la vieja ya está arreglando las cosas pa’irnos con el cauro chico.
- …entonces nos veremos en la madrugada.
- Ése é’mi gancho pueee!!!.
Guanay sintió que aún sus peticiones no se perdían, un entusiasmo enorme se apoderaba de él, mientras llegaba a la habitación. La mujer, en un acto cotidiano, prepara la mesa para la comida, el ambiente mantenido por el calor de la cocina, invitaba a despojarse de tan grande chaquetón… para disfrutar de aquel plato de mazamorra que sabía a granos.
Era un momento clave el dirigirse a su habitación… aún cansado, comienza a preparar lo que sería su equipaje por dos o tres días, consciente del clima extremo y el largo viaje, no vaciló en guardar unas pilchas de más en el saco de mezclilla. Sigilosamente escapó por la ventana, dejó unas pocas fichas a la mujer por el pago de su atención, sabía que estaba cambiando su destino y no volvería a trabajar en aquella salitrera.
Comenzó a buscar por las calles a las carretas que partirían de un momento a otro, caminando con paso presuroso bajo los porches, el viento, era su aliado… cubría con astucia con su soplido los pasos del fugitivo. Logró escuchar murmullos, el viento los hacía viajar a los oídos de Guanay, no calculaba la distancia ni tampoco divisaba algo… simplemente siguió su instinto que lo llevó tras la vieja torta de residuos. Su rostro se transformó en admiración al ver el gran número de obreros que iniciaría el viaje. Los casados con sus familias y los solteros arreglando las provisiones en las carretas, haciendo espacio para las mujeres y sus hijos.
- Llegóóó “ganchito”!!!
- Agustín… espero que todo salga bien para nosotros y vuestras familias. Quizás mañana el jefe nos salga a buscar.
Los chicos, dormitando, se dejan llevar en los brazos de sus madres, quienes los acomodan y arropan esperando el amanecer acurrucados en algún rincón de la carreta, que contaba con una carpa de tela gruesa especialmente para ellos.
Ha amanecido, tres horas capeando el frío, menos un bebé de corta edad que no soportó. Los jóvenes padres sólo les queda una salida… seguir el camino y ser parte del gran movimiento generado. El bebé es sepultado al costado del camino usado por las caravanas, sobre él una cruz y una corona de flores de papel “chino”. Sollozando la joven, el sol seca sus lágrimas, mientras que a la vez destiñe tan colorido sepulcro infantil, perdiéndose en el horizonte reflejado como cristal hirviendo.
La caravana se detiene, ya anochece y las mulas deben descansar. Los hombres arman tiendas casuales, pero no así para el frío viento.
- …dejaremos a las familias en algún campamento cerca cuando estemos cerca de la costa, he escuchado que el reclamo es en el puerto de Iquique.
- Guanay…vó saí que no puedo dejar a mi vieja sola puh!!! Meno con el cauro chico.
- No conocemos el pueblo, no sabemos que tipo de gente es… - Guanay presentía una sospecha no muy alentadora, solía ser muy precavido cuando se trataba de tierras nuevas - …no quisiera que tu familia esté en peligro. Por favor, déjala lejos de la costa.
Agustín bajó la mirada en señal de asentimiento, notó la franqueza de sus palabras hacia su familia, en segundos, se enorgulleció por tan noble petición y notó el poder de sus palabras… sin duda era el líder que necesitaba aquel grupo de emprendedores de un gran cambio.
Se divisan caravanas de carretas acercándose a la boca de la quebrada, la polvareda era totalmente parte del ambiente. 15 de Diciembre de 1907, según calendario, era ya el tercer día de viaje y los obreros planeaban el corto viaje por la quebrada que los guiaría hacia la costa, eran miles asentados en aquel lugar, increíble era la forma en que estos trabajadores del caliche hicieron unión.
Guanay encabezó la organización, situó en un lugar seguro a las familias (orden que no fue del todo obedecida) y aseguró la bajada con mulas fuertes y vigorosas, ya que eran alrededor de 10.000 obreros reunidos en tan fuerte causa. Le llamaba la atención del gran número de mineros peruanos y bolivianos, pues, sus gobiernos simplemente no les abrieron las puertas al diálogo.
Todo se volvió confuso al tocar destino, a los pobladores les llamó la atención semejante número de personas, entrando por una de las calles de aquel puerto que para muchos era desconocido. La multitud indicaba el camino a seguir de aquella masa fatigada por el largo viaje.
Guanay caminaba sobre su cansancio, escuchaba la exaltación de los ciudadanos anfitriones de aquel evento, distinguió a lo lejos, un gran letrero titulando la entrada de una edificación. Sólo distinguía figuras, signos en aquella señalética de madera. Agustín, a su costado, deletrea con dificultad lo escrito sobre esa gran reja.
- Creo que dice Escuela Domingo Santa María.
- Es ahí donde nos darán refugio… descansaremos y mañana nos reuniremos con los capataces jefes.
Fueron días de conflicto verbal, no lograban solución alguna de sus escasas peticiones pampinas… Guanay no se rendía al retiro, aunque aún reinaba en él un inquietante presentimiento. En la “Escuela Refugio”, estaban la mayoría de las familias de los manifestantes, el agua y el alimento cada vez era reducido, algunos pequeños comenzaron a enfermar y los medicamentos no cubrían tal momentáneo crecimiento del puerto.
Guanay sentía impotencia al saber que agotados estaban las medicinas en el pueblo, esto permitía de paso, mostrar resignación ante tal anhelo. Partirían al siguiente día, ¿dónde?, era su cuestionamiento desde que abandonó el pueblo salitrero.
Agustín invadido por el pánico, comunica a su líder que antes de llegar al puerto, cerro arriba, unas fuerzas armadas dispararon en contra de unos obreros. Eso confirmaba tímidamente aquel presentimiento incómodo que reinaba en Guanay.
- Cómo es posible!!!, esto no debe ser de esta manera…
- …es lo que se comenta en el pueulo ganchito. - De manera dudosa, Agustín confirmaba la noticia. Fué la atmosfera que creó, ese ambiente reinado por el miedo, la que lo hizo meditar sobre tan grave y doloroso suceso.
- …ya a oscurecido…mañana prepararemos nuestras cosas, buscaremos los cuerpos para enterrarlos y marcharemos hacia nuestras tierras.
La multitud comienza a preparar el abandono del refugio, el movimiento humano es grande en las afueras de la escuela, en un desorden organizado de labores individuales, testimoniando la partida. Un grupo de soldados se da cita en el lugar de manera hostil, los pampinos rechazan su comportamiento elevando gritos de protesta en aquel cuadro de discordia. Guanay escucha el creciente barullo desde el interior de una de las salas del refugio y corre a calmar la situación. Su visión… se fue enrojeciendo, cuerpos tirados como muñecos de trapo en un espejismo de sangre, sus oídos se volvieron ciegos ante el grito de las heridas y de los llantos. El olor a pólvora y carne quemada era inminente, niños interrumpidos en el juego, dormían para siempre con una expresión de dolor en sus angelicales rostros sucios de tierra, madres desgarradas frente a tan corta y fatídica escena frente a sus hijos.
Guanay inicia la búsqueda de su compañero, no lo vé, tampoco a su familia. Desesperado y en forma inconciente tropieza con un soldado… sus camaradas de arma, inmediatamente dirigen sus armas hacia el pampino.
Una imagen cristalizada quedó en su mente, sus ojos fijos en el horizonte trataban en vano de mirar el mar… una gaviota cruza el cielo, es lo único que sus ojos logran descifrar. Solo siente una comodidad fría y relajada, aún no logra ver a su amigo y levanta torpe e instintivamente su cuerpo para buscarlo. Fue un silencio eterno el que le invadió, al ser alcanzado por una segunda bala… su cuerpo inmóvil, quedó junto a casi 2.000 obreros, mujeres y niños, tirados en el patio de la escuela.
Mirada serena y paciente, cuerpo cansado de años a cuestas, contempla el alrededor con una calma inviolable. La tranquilidad baña su estampa de hombre salitrero, de manos anchas y cálidas como el agrado que transmite al estrecharlas. Su rostro marcado por el viento de arenas calicheras, muestran una lineada cara, alojando el calor del sol pampino.
- ¿Es usted el Sr. Agustín Rodríguez?
- …si jovenzuelo… soy yo.- Ya no tenía ese hablar campesino, la tierra y el sacrificio se lo quitaron con los años.
- Le comunico que hemos encontrado en la exhumación de la fosa, un cuerpo con las ropas que usted nos describió...- El hombre miró al cielo, un ave cruzó su húmeda mirada, su pecho se cubrió con un dolor que castigaba su garganta.
- …puede…usted llevarme?.- Fue su petición reflejada en una voz presionada.
Vestía tal cual lo vió por última vez, cuando minutos antes de la masacre, había partido con su familia por petición de él… su amigo. Identificó el collar en que colgaba un colmillo de lobo de mar que cazó junto a su padre, símbolo de pertenencia a esa extinta raza.
- …si… es él, mi gran amigo Guanay.
- Firme aquí y le entrego una copia para que pueda retirar el cuerpo… siento que haya perdido de esta forma a su amigo.
El anciano toma débilmente el lápiz y firma, simbólicamente, la libertad de su “ganchito”. Afuera, le esperan su esposa y aquel pequeño que hoy… gracias a tan determinante decisión, disfrutaron años que le fueron quitados a tan noble hombre de mar.
Eduardo Chávez
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